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España firma con la mano izquierda

La fórmula Sánchez-Iglesias obtuvo mayoría en el Congreso y, por primera vez desde la dictadura franquista, una coalición progresista ejercerá el gobierno. Los independentistas catalanes fueron la llave para destrabar la investidura.

Tras las últimas elecciones y el crecimiento de los ultraderechistas de Vox que se posicionaron como tercera fuerza, a las fuerzas progresistas las apremiaba un acuerdo que evitara otra repetición electoral. El socialista Pedro Sánchez, en ejercicio de la presidencia desde la moción de censura a Mariano Rajoy del 2018, se había negado reiteradamente a la conformación de un gobierno de coalición. Sin embargo, después de los comicios del 10 de noviembre, firmó con el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, un pacto de entendimiento para un gobierno conjunto.

El pacto de entendimiento incluía políticas de corte progresista exigidas por los nuevos aliados del PSOE (todos ubicados ideológicamente a su izquierda) inéditas en los últimos años de la política española, que motivó la fuerte oposición y encendidos (y violentos) discursos de las bancadas de la derecha del Partido Popular y de la ultraderecha de Vox.  

Con lo justo, durante la tarde del martes, dicha coalición obtuvo la mayoría necesaria para ser investida con 167 votos afirmativos,  165 votos negativos y 18 abstenciones. La sesión finalizó con aplausos y abrazos entre los nuevos aliados políticos que tendrán que encaminar los acuerdos firmados y salir de una crisis política que solo le ha servido al dogma anti-político de los fascistas de Vox.

Un vice que mira a Latinoamérica

Es la primera vez desde el retorno de la democracia en España que asumirá un vicepresidente que no forma parte de ninguno de los dos partidos mayoritarios del país. Ese honor tendrá Pablo Iglesias, fundador del partido Podemos y candidato de la alianza Unidas Podemos, que terminó la sesión con lágrimas de emoción en sus ojos.

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Lo curioso es que el logro llega en su peor momento político y electoral. Iglesias funda Podemos en 2014 junto a otras figuras de peso como Iñigo Errejón, con la base social que dejó el movimiento de indignados del 2010, con un planteo fundamentado en la justicia social como motor de una sociedad igualitaria y de progreso, con una inspiración ideológica en los gobiernos progresistas de Latinoamérica y muchos de sus líderes (Hugo Chávez, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa, Lula de Silva, Evo Morales y otros) a los que Iglesias ha expresado admiración en repetidas ocasiones, y una muy sorpresiva fuerza que puso en jaque al bipartidismo posicionándose en el tercer lugar a poca distancia de los dos partidos mayoritarios en 2015 y 2016.

Cuando la caída de este año llevó a muchos analistas a pensar que se había acabado el tiempo de Pablo Iglesias en la política española, el “coletas”, como le dicen en España por su cabello, tendrá su oportunidad para implementar las políticas que venía exigiendo en el cargo de vicepresidente de un gobierno de coalición, donde no conduce pero condiciona.

Una puerta que se abrió en Cataluña.

Un sector del independentismo catalán, el partido ERC, le dio su muestra de confianza a la fórmula Sánchez-Iglesias haciendo que sus 13 diputados se abstengan para que los votos positivos superen a los negativos.

Para ello, fue necesario que Pedro Sánchez, que se había negado en los últimos meses a sentarse en una mesa con los líderes independentistas y que había ordenado represiones en manifestaciones en Barcelona, escuchara lo que los catalanes tenían para decir y se comprometiera a algunas concesiones, sobre todo en lo referido a los políticos independentistas que están presos por el intento de referéndum de 2017.

Si bien no hubo un compromiso explícito de liberar presos, Sánchez expresó que el conflicto debía “resolverse en forma política y no judicial”.  

El viernes pasado, la Justicia Electoral había intentado embarrar la cancha destituyendo al Presidente de la Generalidad de Cataluña a pedido de Vox. Fue un intento por romper los lazos que se estaban formando pero sin éxito, el acuerdo se concretó y los catalanes pasan del ninguneo absoluto a formar una mesa de negociación con el gobierno central donde podrán plantear reclamos concretos. 

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